De sabios es reflexionar...



"Es muy peligroso, Frodo, cruzar la puerta", solía decirme. "Vas hacia el Camino, y si no cuidas tus pasos, no sabes hacia dónde te arrastrarán".

Frodo Bolsón, citando a su tío Bilbo.
El Señor de los Anillos. J.R.R. Tolkien
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lunes, 9 de enero de 2017

El mejor regalo

Ese año aún amanecía. Bostezaba perezoso en sus primeros días, como un niño recién nacido que acaba de llegar al mundo, y que se está acostumbrando a él, sin encontrar su sitio del todo, mirando todo, pero no viendo nada con nitidez, todo entre nieblas. Esas mismas nieblas que le acompañaban cada mañana al trabajo, las que podía ver desde la ventana del tren, o las que veía si miraba en su interior, en eso que llaman alma o corazón. Él, igual que el año que comenzaba, no había encontrado aún su sitio, no acaba de encajar en ninguna parte. Las luces de la navidad aun estaban frescas en su retina, los niños todavía tenían ese brillo en los ojos, pintado por la ilusión de uno de los días más esperados del año...tres misteriosos personajes con poderes mágicos que venían cargados de regalos todas las madrugadas del 5 al 6 de enero.
Pero como de costumbre, un año más, esos reyes magos habían olvidado hacer una parada junto a su árbol navideño, algo recargado, con muchos adornos, pero con escasa (o nula) belleza.
Seguía esperando un milagro. Una chispa mágica, una estrella fugaz que llegara, aunque fuese efímera, a iluminar una rutina anodina y sepultante, que cada día le enterraba un poco más en su soledad y desidia. Se sentía como una mala hierba en un jardín hermoso. Todas las flores a su alrededor crecían, abrían sus pétalos al rocío invernal y mostraban sus colores al mundo. El sólo crecía, pero esperando ser arrancado de raíz en cualquier instante, sin un solo toque de color o hermosura que legar al recuerdo cuando ya no estuviese.
El calendario mostraba el 8. Se durmió como cada noche, extenuado por otro largo día de viajes en tren y quehaceres desalmados.
No imaginaba que aquel día sería el último. Que su vida comenzaba de nuevo.
Cuando despertó, no sabía dónde estaba. Todo le parecía familiar, y sin embargo distinto. Se encontraba en una ciudad maravillosa, como de cuento, o quizás sería más justo decir como de historia épica. Salpicada de torres y rincones oscuros, donde a cada paso pudiera asaltarte un pícaro a sueldo, armado con sable y vizcaína.
Creía recordar que le habían llevado allí, desde luego él no había ido por su propio pie. Y tambíen creía recordar que su presencia allí era por algún motivo concreto, sentía que alguien le esperaba.
Dirigió sus pasos bajo un arco, y pasó junto a una estatua, de algún famoso escritor de época, muy acorde con la ciudad de ensueño. Sin saber bien por qué, entró en aquel lugar de una manera rutinaria, como el que lo ha hecho muchas veces, con seguridad y sin atención.
Era un sitio oscuro, no demasiado alegre, tampoco triste. Sólo vulgar, corriente. Pero...algo allí dentro era diferente.
Una luz, pequeña, pero muy intensa, parecía refulgir al fondo de la estancia. Irremediablemente atraído por aquella luz, como polilla hacia un candil, se fue acercando y acercando. Mientras daba un paso tras otro, se miró las manos, durante sólo un instante, y pudo percibir claramente dos verdades que se batían en duelo y a la vez se complementaban como una sola revelación. La oscuridad de su propio ser, más intensa a la luz de aquella luciérnaga mágica, y el poder de esa misma centella para iluminarle poco a poco, no reflejándose...sino entrando en su oscuridad para alumbrarle desde el interior.
Y fueron a recorrer la ciudad, su oscuridad y la nueva luz. Y cada calle era un poco más luminosa que la anterior. Y sin embargo, el mundo alrededor parecía ir desvaneciéndose...quedándo sólo ellos, sólo la luz y él, sólo él y la luz. Subieron cuestas hacia catedrales, y parecieron pasar sólo unos segundos...pero habían pasado meses. Y la luz tenía manos, y de ellas brotaban ríos de claridad. Y se entremezclaban con los regueros de oscuridad que salían de las manos de él, y juntos de las manos, siguieron paseando. Y la ciudad fue parte de ellos, y ellos parte de la ciudad. Tomaron té entre risas, y se tomaron la luz a la oscuridad y vicerversa, en lo alto de una piedra, al otro lado del río, haciendo que en mitad de la noche toda la ciudad brillara como si fuese un día de Junio. O de noviembre, porque las estrellas nacen cuando nacen, y ésta era de otoño.
Y ya no se separaron, vieron el mar, fueron a montañas, navegaron ríos en ciudades lejanas. Pero siempre juntos.
Y de repente...despertó. Y entendió que todo aquello había sido sólo un sueño. Pero...alargó la mano...y unos dedos rozaron los suyos. Unos dedos que iluminaban cada centímetro de piel que tocaban. Unos dedos hechos de luz. Y allí estaba ella. Casi un año después de aquel 9 de enero, finalmente resultó que los magos de oriente se habían acordado de él. Y junto a él, dormida, con el pelo color sol sobre la almohada...la luz hecha persona, el sueño...pero despierto. El mejor regalo.

jueves, 23 de julio de 2015

Formentera

Aquí os dejo un pequeño relato autobiográfico y algo melancólico...pero muy oportuno para estas fechas, y su versión resumida en 500 caracteres, a modo de reto de capacidad sintética, para un concurso de El País. 

Dejaos llevar por la imaginación...y volad conmigo a Formentera.

VERSION RESUMIDA EN 500 CARACTERES...para los impacientes.

En segundos repasé mentalmente los últimos diez días en el paraíso.Dos faros unidos por una  franja de tierra.La Mola.Barbaria.Ojos inundados de mar y cielo.Lucía y el Sexo,Paz Vega alejándose del faro en moto.Puestas de sol eternas.Aletas de buzo.Azul.Cala Saona,con aguas llenas de vida.Aventuras en Illetes.Cenas chinas en Es Pujols.Barbacoas hispano-holandesas.Fiestas en Sant Francesc,fuegos artificiales,actúa Marlango.Regresar a Madrid con Leonor Watling en el avión. Formentera...el paraíso.

VERSION COMPLETA.

Como siempre, su maleta salía la última en la cinta transportadora. La recogió con esfuerzo, como si pesara quinientos kilos. No era esfuerzo, era pena.
En un par de segundos, los que transcurrieron entre que alzó esa maleta y sus ruedas tocaron el suelo, repasó mentalmente los últimos diez días.
Diez días en el paraíso. El primer vuelo, el viaje en ferry, la llegada a aquella casita en medio del pinar, asomada al Mediterráneo cada día, iluminada por la luna cada noche.
Aquella isla no se parecía a nada que hubiese visto antes.  Dos montes unidos por una estrecha franja de tierra. En cada uno de ellos, un faro. A uno, el más alto, lo llamaban La Mola. El otro, por apuntar directamente al sur, a las indómitas tierras africanas, lo llamaban de Barbaria. Desde el primero, o mejor dicho, camino hacia él, con sólo volver la vista, los ojos se inundaban de mar y cielo, compitiendo por ver quién es más azul. Camino del segundo, la mente evoca aquella imagen para el recuerdo de Lucía y el Sexo, Paz Vega alejándose del faro en aquella moto…y él imagina cruzarse con Lucía en esa pequeña carretera que lleva al infinito. Puestas de sol que duran para siempre en la memoria.
 Una aleta de buzo se escapa de la maleta. Azul intenso. Inmediatamente la memoria se llena de otro azul, entre turquesa y cielo, del mar de Cala Saona. Aguas de las de anuncio, límpidas y llenas de vida, donde el fondo marino se percibe igual a 1 metro o a 10 de profundidad, donde los peces son los únicos compañeros de playa en muchos momentos. Soñar despierto, esas siestas con los documentales de la 2, pero mejor que en 3D, el agua es de verdad, eres tú el que nada en el paraíso.
La espalda se resiente aún. El sol la castigó en aquella aventura desde Illetes, cruzando el pequeño estrecho a nado, hasta S´ Espalmador, para casi desaparecer enterrado en el fango de la salina, y regresar de nuevo en busca de la última lata de cerveza de toda la playa.
Noches de mojito en Es Pujols, paseos en bicicleta por Migjorn, scooters para ir a hacer la compra…
Noche de fiesta en Sant Francesc. Última noche en el paraíso. Hay fuegos artificiales en la plaza. Parece el guión de alguna película española sobre amores de verano, siempre acaban con alguna fiesta de pueblo.
Al recoger la maleta, casi roza la mano de la mujer de al lado. La mira. Aún casi no lo cree. La noche anterior, lo primero que hizo, fue escuchar su voz. Creyó que era la banda de turno…pero aquella voz…ya la conocía.
La reencontró en el aeropuerto, embarcaba en el mismo avión que él.
Marlango amenizaba la fiesta en Sant Francesc, Leonor Watling, tan bella como siempre…
¡y regresaba a Madrid en su mismo avión!

Esas cosas sólo pasan en las películas…y en sitios como Formentera. 
Tendré que regresar al paraíso algún día.




lunes, 16 de febrero de 2015

El Local

Llevábamos varias horas andando por la ciudad. De hecho, nos parecieron años. El último sitio donde estuvimos fue genial. Música de todo tipo, copas no muy caras, ambiente muy agradable...éramos como de la familia.
Hasta que llegaron aquellos extraños. Parecían buena gente, simpáticos, graciosos...pero poco a poco se fueron adueñando de todo el local...y no nos quedó otra opción más que marcharnos, invitados gentilmente por el dueño. Allí no había sitio para nosotros, gracias a los recién llegados.
Como decía, caminamos, recorrimos avenidas y callejuelas, preciosas e iluminadas, oscuras y poco cuidadas, y dejamos a ambos lados multitud de sitios nuevos y viejos, distintos, muy atractivos...o todo lo contrario. No entramos en ninguno. No eran de nuestro estilo.
Tras mucho andar, comenzamos a preguntarnos... ¿cuál es nuestro estilo? Nada de lo que veíamos nos gustaba, nada nos animaba a acercarnos, la calle nos parecía más atractiva, continuar andando, libres, sin rumbo fijo, a donde los pies nos llevasen.
Sin embargo, tras la esquina menos pensada, en el lugar más insospechado, lo vieron. Era un lugar llamativo...aunque no extravagante. Sin duda, era bonito, muy bonito. Y diferente. Lo que había en el interior...era una incógnita. Estaba cerrado a cal y canto, hermético tanto para entrar...como para dejar escapar a nadie.
No sabemos bien por qué, pero no lo pensamos, nos acercamos, como atraídos por la misma luz que atrapa a las polillas de manera irresistible e irremediable.
Y de manera inesperada, una puerta se abrió ante nosotros, invitándonos a  pasar. Nos miramos unos a otros, atónitos. Dudamos de que se estuviesen dirigiendo a nosotros. Pero sí, así era. Obviamente, pasamos sin mirar hacia atrás.
El lugar parecía aún más bello por dentro. Todo lo que veíamos nos agradaba, nos recordaba a algo, o tenía algo que ver con nosotros...o era justamente lo contrario a nosotros. La música era muy buena, la bebida de calidad, la gente era muy divertida... Fuera como fuese, aquel sitio nos encantó.
Por supuesto, volvimos. Todas las veces que pudimos...o que nos dejaron.
Aquel sitio, a la par que bello, era muy  peculiar. El lugar estaba dividido en, al menos, dos compartimentos bien separados por anchos muros y una estrecha puerta, bien custodiada por dos fieros "gorilas" de la noche. Nosotros sólo podíamos acceder al primero de estos compartimentos, el que estaba más cercano a la puerta de entrada. Intentamos entrar al segundo compartimento, pero aquellos custodios de la estrecha puerta nos dejaron claro, desde el primer momento, que aquel no era nuestro lugar, que ese día no íbamos a entrar...ni ningún otro día. 
A través de unas pequeñas ventanas, de cristales ahumados, adivinábamos qué se podía esconder tras aquella puerta. Más bien intuíamos, o imaginábamos. Nada más.
Seguimos volviendo, una y otra vez. El sitio nos gustaba cada vez más...pero siempre nos íbamos a casa con una extraña sensación de que nos faltaba algo. La atracción que ejercía sobre nosotros aquel reservado cada día era mayor. Queríamos entrar a toda costa, sin embargo, teníamos miedo a que aquellos dos gigantes nos partieran la cara y nos prohibieran la entrada siquiera a aquel primer compartimento más cercano a la entrada.
A fuerza de costumbre, nos habituamos a disfrutar del local, pero siempre con el miedo de querer ir un paso más allá...de volver a intentar acceder al reservado. Unos nos decían "disfrutad de lo que podáis, y olvidaos de ese otro sitio", otros nos insistían "tenéis que atreveros, tenéis que seguir intentándolo", algunos, quizás más realistas, quizás más pesimistas, nos animaban a desistir, a buscar otros locales donde no tuviéramos vetada la entrada a ningún apartado.
Pero a nosotros nos gustaba aquel local. Desde otros sitios nos invitaban, nos animaban a entrar, nos ofrecían jugosos descuentos y atractivas ofertas. Pero aun así, no podíamos dejar de pensar en aquel lugar, que nos había cautivado desde el momento en el que lo vimos. Que nadie se equivoque. No somos tontos. Sabíamos perfectamente que aquello, en algún momento, tenía que acabar. Sin embargo...probablemente éramos una buena pandilla de cobardes. Teníamos miedo a enfrentarnos a aquellos gorilas pendencieros que nos impedían la entrada al reservado que tanto deseábamos. Pero teníamos aún más miedo a perder toda opción de volver a aquel maravilloso local, de dejar de disfrutar de lo poco (o mucho, según se mire) a lo que teníamos acceso.
El tiempo pasaba, las visitas al lugar se repetían...pero nada cambiaba.
Mil y una veces nos juntamos entre todos, para reunir fuerzas y tumbar a aquellos matones. Dos mil  y una veces nos conjuramos para no volver nunca más a aquel sitio. Nunca hicimos ni una cosa, ni otra.
Y aquí estamos, sentados en este banco de este parque, cerveza en mano, reunidos mirando al cielo, pensando en que a menudo, lo que podemos hacer, lo que queremos hacer y lo que debemos hacer, suelen ser tres cosas bien distintas.
Y mientras pasa la tarde en el parque, quién sabe, lo mismo el local ha sido traspasado, alquilado, vendido a un buen comprador...o unos nuevos extraños están llegando para atreverse a lo que nosotros no...
Seguiremos pensando...o nos iremos a casa, que vienen nubes, y parece que va a llover.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El imaginador

No era distinto a los demás. Era alguien perfectamente normal, signifique lo que signifique esta palabra.
Malgastaba su vida en un ruin trabajo de ocho horas a precio irrisorio cada una de ellas.
Biengastaba el escaso tiempo libre en pasatiempos más o menos interesantes y relaciones más o menos valiosas.
Pero sólo había una cosa que realmente le llenaba, que ocupaba su mente, tanto en las horas ociosas como en las horas laboriosas.
Imaginar.
Su imaginación era una incansable trabajadora, era tenaz, era creativa, era meticulosa y perfeccionista, y…la gran mayoría de las veces, era inútil.
Gustaba de imaginar cosas grandes y pequeñas, oscuras y luminosas, profundas y superficiales, vanas y transcendentes.
Imaginaba canciones, cuentos, poemas y dibujos. Imaginaba personas, situaciones, principios y finales. Visualizaba mentalmente mil y una opciones ficticias, retorcía cada ilusión hasta radiografiar cada una de las múltiples caras de la moneda que siempre estaba lanzando al aire en su desenfrenada mente.
Imaginaba viajes, caminos y destinos, anécdotas intermedias y metas alcanzadas.
Cada día imaginaba más, cada día vivía menos en nuestra realidad, y se perdía más en la suya propia, realidad inventada, fantasía ilusoria que llenaba su mente y su reloj.
Pero un buen día, por supuesto de manera fortuita e inesperada, se topó de bruces con la realidad. Con la de verdad. La de carne y hueso, la que deja cicatrices.
Y de tanto haberse alejado de ella, de tanto haberse sumergido en su mundo irreal, imaginado, no supo qué hacer.
Huía de lo tangible, de lo real, por considerarlo gris, deprimente, a veces abrumador, desde luego, siempre triste y cansino. Viajaba a los rincones privados de su mente, y allí se arropaba del frío que le provocaba la rutina de cada día.
Aquella vez, sin embargo, una luz blanca, cegadora, y aterradoramente real, le desbordó los ojos, y quizá el resto de sentidos.
¿Se había equivocado? ¿La realidad podía vestir otros tonos distintos al de la ceniza de los cigarros que consumía, quizá precisamente por matar esos minutos eternos de desidia y molicie insufribles?
La confusión, como una tormenta imprevista, cubrió su escaso entendimiento, y el suelo se volvió tan inestable como un pequeño bote en medio de la tempestad.
El largo tiempo alejado del mundo de a pie le había oxidado, por dentro y por fuera.
Sintió miedo. Miedo ante la incertidumbre, miedo ante lo desconocido. Pero aún así decidió caminar. Decidió dar una oportunidad a esa realidad tan a menudo insoportable y soporífera, que en esa ocasión se había vestido de color, y había conseguido deslumbrar su abotargada capacidad de sentir…casi de respirar aire auténtico.
Cada paso que dio fue vacilante, temeroso, como el niño que aprende a caminar, o como el anciano que empieza a olvidar que algún día fue capaz de correr.
Incluso un día se atrevió a saltar, a zambullirse en esa nueva realidad sorprendente e incierta.
Quedó aún más confundido. ¿Lo había hecho bien? ¿Había errado completamente? No tenía ni idea. Simplemente se había atrevido. Lo que vendría después, nadie lo sabía.
Imaginaba mil continuaciones, mejores, peores, perfectas y también catastróficas. Imaginaba mil desenlaces, idílicos, terroríficos, insulsos…incluso imaginaba que no había desenlaces.
Sí, otra vez estaba imaginando. Alguien le había dicho que pensaba demasiado. Quizá fuese ese su don…o su condena, quien sabe. Pero no podía ser de otra manera.
Era un imaginador.
Sonó el teléfono, otro cliente demandaba su atención. Miró por la ventana, el cielo estaba gris. Pero quizá el gris no fuese tan malo…

Comenzó el otoño.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Un rayo, un as de picas, un corazón.

Era Septiembre.
Mes dual, contradicción de sentimientos, comienzo de cursos, final de vacaciones.
Precisamente ese día era el penúltimo de esas dos semanas con las que soñamos durante otras 50 al año. 
El verano agonizaba, la oficina asomaba las garras a la vuelta de la esquina. Sin embargo, en su memoria aun rondaba fresco el recuerdo del mar, las cervezas en el chiringuito, las partidas nocturnas de póker en la terraza del apartamento...
Apenas hacía una semana que había regresado a la capital, al sopor rutinario de aquel verano extraño, suave, tardío. 
De manera inexorable, la semana avanzaba, a grandes pasos, segando cada día sin ningún tipo de compasión.
Aquel sábado, por tanto, amaneció sin más expectativa que pasarlo de la manera más lenta posible, para alargar las horas tanto como fuese necesario, intentando alejar el lunes de la mente y del espíritu.
En su móvil, un trasiego constante de mensajes le recordaba que esa noche habría juerga. Unos días atrás, un buen amigo cumplió años, y tocaba celebrarlo.
Plan rutinario, cena, cervezas (siempre más de las que aconsejaría cualquier médico...o el sentido común), unas copas (también más de las aconsejables, para hígado y bolsillo), unos bailes, desayuno a deshora, y por supuesto, la consiguiente resaca dominguera pertinente.
El guión, por lo tanto, ya estaba escrito.
Nunca fue una persona extrovertida. Tampoco especialmente tímido. Siempre se mantenía dentro de los cánones de lo políticamente correcto, sin destacar, sin pasar absolutamente desapercibido.
El mundo nocturno, por lo tanto, no era su fuerte. Donde otros se mueven como pez en el agua, el se sentía expuesto, inestable, como un patinador inexperto sobre una pista de hielo recién alisada. Intentaba dar pasos cortos, seguros, nunca más allá de lo prudente, de lo aconsejable.
El guión se fue cumpliendo, llegaron las cervezas, llegó la cena, algunos tragos de brebajes gallegos, para calentar estómago, cabeza y corazón.
Y con el estómago, la cabeza, y sobre todo, el corazón caliente, comenzó la búsqueda de un destino para gastar la noche.
Madrid siempre ofrece mil y una opciones. Muchas de ellas se personifican en Sol, en forma de "relaciones públicas" que ofrecen mil y una ofertas, a cada cuál más extravagante.
Sin embargo, como dije, el guión ya estaba escrito, no necesitaba oferta alguna, ya conocía el lugar al que se dirigía perfectamente. O quizá no.
El destino irrumpió como un rayo para cambiar el guión de la noche. Uno de estos hombres-oferta les asaltó cual cuatrero en el lejano oeste (de Madrid). Bastaba que les ofreciesen una copa, un mojito y un chupito, por un precio razonable, para dejarse convencer, arriesgando el domingo, el estómago y un buen puñado de neuronas, bañadas en una horrible resaca garrafonera.
El sitio tenía un nombre profético. SMILE rezaba el cartel. Inevitablemente, un sonrisa afloró en su cara. Quizá vieja reminiscencia de la importancia de la obediencia en nuestra base educativa. Quizá una respuesta espontánea, una ventana abierta a lo imprevisible, una chispa adecuada, que prende una pequeña esperanza escondida en lo desconocido, en lo que está por venir. Quién sabe.
Para no faltar a la verdad, entró en aquel lugar sin más expectativas que "disfrutar" de una copa de calidad dudosa, de un mojito de aún más dudosa procedencia, y de un chupito excesivamente empalagoso, que le acercaba un pasito más a la frontera entre la sobriedad y la embriaguez...ese estado que a menudo se crítica con pasmosa facilidad (a veces justificada), pero que siempre deja un resquicio a lo no planeado.
Tras bromas varias, intentos (no se pueden calificar de otro modo) de bailes y unos cuantos tragos, el estado era el idóneo...para seguir intentando hacer algo parecido a bailar, seguir soltando chascarrillos propios de manada de "hombretones hechos y derechos", y sobre todo, seguir tomando tragos.
Es decir, seguir cumpliendo el guión al pie de la letra.
Sin embargo, esa noche la partida no quería jugarse en el orden establecido. No sabría decir ni cómo, ni cuándo, ni, sobre todo, por qué. Pero, en algún lugar de aquel polo negro de manga corta, tenía un As escondido, un As negro, con un símbolo difícil de definir, quizá entre el trébol y el diamante. Tenía un As de picas guardado, y lo puso en juego, quizá sin mucha maestría, y menos estilo. Quizá realmente no era ni siquiera un As, simplemente era un farol. Pero algunos dicen que las estadísticas están para romperse, y los complejos, para superarse.
La jugada había comenzado en los pies de dos buenos compañeros, que fueron los primeros en abrir fuego. Ellos si sabían (al menos, eso parecía) cómo moverse entre las oscuridades de cualquier garito.
Y él, detrás, aprovechando el surco, hizo camino, superó la distancia inabarcable que le suele separar de las novedades.
Contra toda lógica, y desde luego, contra todo pronóstico, el guión cambió. Se acabaron los tragos, las bromas de dudoso gusto y los intentos de no hacer demasiado el ridículo al ritmo del pachangueo de turno.
Sin darse cuenta, se encontraba sentado en el escalón del portal que estaba frente al SMILE, mirando unos ojos nuevos, no recuerdo bien si eran verdes, si recuerdo que eran bellos.
¿De qué hablaron? Da un poco igual. Hubo intimidades, penas y vergüenzas al descubierto, hubo alguna lágrima y muchas risas. Hubo cervezas de calle, de las de a un euro la lata, hubo humo de cigarros, camiones de basura y coches de policía.
Pero sobre todo, hubo algo más. Es difícil (casi imposible) describirlo. Pero nadie que hubiera estado allí lo negaría. Tres extraños que acaban de conocerse, como tres amigos de toda la vida, rememorando viejas penas, riendo por antiguas anécdotas, anhelando mejores futuros, aconsejando gratis y rápido, consumiendo la noche sin apenas darse cuenta. Lástima, porque quería que aquella noche no acabara nunca.
Se sintió abandonado de los compañeros de farra, miró el reloj, qué importaba. Estaba tan a gusto allí.
Compartieron gustos, intercambiaron desavenencias, se lanzaron bromas disfrazas de reproches profesionales, se contaron la vida en un minuto, y él deseo que cada minuto fuera una vida.
Pero todo se acaba, y una noche de verano, por lo general, antes de lo que nos gustaría.
Y ella se fue, acompañada de su amiga, de sonrisa y de lágrima adorables, con la melena rubia tras de sí, dejando la estela de un recuerdo que, una vez superada la madrugada, siembra la duda de saber si fue real, o un precioso fruto de una imaginación empapada en alcohol.

No pasó nada, podrían decir muchos, si estuvieron allí cerca aquella noche. No hubo besos, ni pasión desmedida, ni principios precoces y pasos atropellados. Porque a veces el error es acabar los principios, y principiar los finales. Sin embargo, pasó mucho, pensó él, sin que realmente pasase nada. Un paso más en el camino de vuelta, en la terapia de recuperación total, en ese proyecto tan complejo que algunos llaman felicidad. Porque a veces, la felicidad es simple. No, no es simple, la palabra más adecuada es "sencilla".

Y con esa sencillez se marchó él, subido –o sumido- en su propia nube, camino del tren, del que le llevaría de vuelta casa, y del que le lleva de viaje por el país de la vida, de las experiencias, de las casualidades, de los guiones no escritos. Soñando que quizás esa misma casualidad, esos mismos guiones no escritos, le lleven a bajarse en alguna estación donde la vuelva a ver, donde pueda volver a compartir un par de horas, un par de cervezas y un par de vidas.

Soñando con un corazón tatuado en la muñeca, encerrando un rayo que irrumpe en lo previsto, haciendo imprevisible lo planeado, y un as de picas, con el que apostar y tirarse un farol, para deshacer la certidumbre, para atreverse a resbalar o a hacer camino.

Soñando con una melena rubia, con unos ojos (quizás) verdes, con una noche improvisada.

Soñando, al fin y al cabo.

jueves, 2 de septiembre de 2010

The end...again

Era Septiembre. Primero de Septiembre. Aun yacía caliente el cadáver de Agosto. Sin embargo, el tiempo, que no entiende de treguas ni cambios paulatinos, anunciaba la llegada prematura del otoño, que llegaba casi sin avisar, sin llamar a la puerta, con un día cerrado a cal y canto por el gris perla de un cielo a punto de derrumbarse a cada minuto, aunque, con aires bromistas, sólo abría el grifo en el momento preciso en el que tienes que salir a la calle a solventar cualquier banal recado, como comprar una barra de pan o tirar la basura a la vuelta de la esquina, para, al volver a casa, tener que observar desde la ventana como la lluvia incesante que te ha obligado a sacar a pasear el paraguas cesa sin motivo alguno, y sospechas que alguien ahí arriba se está riendo de ti.
Como decía, era Septiembre, y el día era tormentoso. Tormentoso en todos los sentidos. La noche anterior, como ya se estaba convirtiendo en costumbre, se alargó hasta horas innecesarias e indecentes, motivada por una burda película, una burda conversación o simplemente por la esquivez de ese tal Morfeo, que no hace buenas migas con la incesante actividad estéril que bulle en mi cabeza la mayoría de las noches. Por tanto, ese primero de Septiembre despertó para mí mucho más tarde que para el resto de los mortales que saben como aprovechar su tiempo. Mirando el reloj, entre legañas, bostezos y el olor del último cigarro mal apagado en el cenicero la noche anterior, atisbé a divisar la aguja más alta señalando la una. Del mediodía, supuse. El olor a comida que llegaba de la cocina resolvió mi desfase horario.
Tormentoso decía, porque comenzaba la jornada entre truenos y lluvias, y porque, muy cansinamente, me disponía a recorrer otro día insulso y poco motivador, que hacía del camino que separa mi cama del aseo un camino interminable. Como si de un robot se tratase, me dispuse a seguir las rutinas diarias de rigor, no faltando a ninguna, y no prestando atención a ninguna de ellas: los buenos días de rigor, la mirada por la ventana "matinal" (si es decente llamar matinal a la una de la tarde), el vistazo a la olla que hervía en el fuego con mi comida reconvertida en desayuno, y el camino a mi destino definitivo de tantos y tantos días, el ordenador.
Por no cansarte, querido lector, con mi anodino día, sólo diré que la tarde transcurrió entre películas, humo de cigarros, miradas aburridas por la ventana y partidas poco motivadoras con la videoconsola.
Sin embargo, también como cada día, se acercaba el momento.
El final del día, el instante en el cual una pequeña chispa daba sentido a toda la molicie de la jornada transcurrida. Una llamada, y mi viejo amigo me recogería en la puerta de casa, como si de ese salvador que viene a liberarte de la cárcel se tratase.
¿Para llevarme a dónde? A ese pequeño paraíso que sólo los más pequeños saben construir para que los que nos pensamos mayores podamos disfrutar de él. Y pensar que somos nosotros los que cuidamos de ellos...cuán ilusos somos...
Un rato de juego, una cena reconvertida en peleas, amenazas divertidas, risas y bromas. Un hasta mañana mal pronunciado desde los brazos de ese viejo amigo.
Y una petición.
Quería un beso de "Tote" antes de irse a dormir.
Tan sólo un segundo, tan sólo una chispa de sol en ese día de tormenta.
Y el día terminó, otra vez.
Y sin darme cuenta, el verano también terminaba, otra vez.
Pero era feliz, durante ese pequeño instante y el periodo de tiempo que dura la estela de una estrella fugaz en el cielo, era feliz.
Gracias, pequeño.

lunes, 2 de agosto de 2010

La brevedad de lo eterno, la eternidad de lo breve

Este es mi primer (y no sé si último, espero que no) relato corto, quizá sin sentido, quizá con todo el sentido del mundo. Invito a todo aquel que pase por aquí a leerlo, y aunque no lo entienda bien (probablemente solo haya un par de personas o tres que lo entiendan en su totalidad), que pare un momento y sienta lo que esto le transmite, mucho o poco, cosas felices o tristes, lo que sea, con eso, si una sola persona lo hace, seré feliz (al menos un poco) Espero que os guste (u os parezca una soberana mierda, pero que no os deje indiferentes).

"Bajaba los peldaños de tres en tres, o de cuatro en cuatro, desafiando a la gravedad y al azar, que a veces hace que demos con los huesos en el suelo. Bajaba como si cuando llegara abajo ya no estuviese la calle, como si la fuesen a recoger, y tuviese que esperar al día siguiente. Por fin vio la luz entrando en su portal, y se cruzó con ella, y con el propio portal, y desembocó en el río de gente que navegaba aquella fluvial calle, curiosamente vacía de coches en ese momento.

Al principió no miró a nadie, porque tampoco nadie le miraba a él. Pero pasado un tiempo eso fue precisamente lo que le llamó la atención. Nadie le miraba, era como si no existiese. ¿Es que esa gente no tenía alma y no eran capaces de ver su maltrecho estado?

Aflojó algo el paso, quizá pensó que se encontraba algo mejor. Sin embargo, y cuando menos lo esperaba, le encontró la noche, o la encontró él a ella, no sabría decirlo bien. De repente, como por embrujo, la gente había desaparecido, y se encontró caminando solo, extrañamente solo, dolorosamente solo. No, quizá no se encontraba tan bien después de todo.

También de repente comenzó a llover. Al principio sólo parecía una amenaza, un aviso para tomar otro camino y regresar a la cordura del hogar y de las cosas del día a día. Pero él, valiente, tonto o desesperado, continuó caminando, sin saber muy bien a dónde se dirigía y qué iba a encontrar allí.

¿Quizá el pobre iluso pensaría que iba a encontrar todo en su sitio y que en ese momento sanarían sus males? Quién sabe, se decía una y otra vez.

Pero el aviso dejó de ser tal para convertirse en una furiosa tormenta que no tenía pinta de amainar en unas cuantas horas, quizá días, quizá meses.

Sin darse cuenta estaba completamente calado, por dentro y por fuera, y por raro que parezca, aquella era una lluvia extrañamente cálida, con ligero regusto a salado. A salado quizá de las aguas del mar que alguna vez vio y disfrutó, a salado de aquel sabor que dejó ese sudor que tanto recordaba. Pero no, era un salado con matices amargos, muy amargos.

Apretó entonces el paso, sin destino fijo en mente. Perseguía sombras que no le llevaban a ningún sitio, o, paradójicamente, siempre le devolvían al mismo lugar desde el cual partía.

A su cama, vacía, fría y algo burlesca, pareciéndole inmensa y recordándole que allí él era el rey, el único rey, el más solitario de los reyes. Y de nuevo bajaba volando, de nuevo la calle, las gentes, la soledad, de nuevo la lluvia salada y cálida, de nuevo las sombras y el regreso al punto de inicio.

Un día, sin saber muy bien cómo, la sombra quedó quieta mientras el llevaba a cabo su particular y ya conocida persecución sin sentido.

La sombra parecía reír, pero no sabría decir si era una sonrisa pícara, irónica, risueña o quizá tan falsa como la que él ya llevaba tiempo practicando ante tanta gente.

La cuestión es que por más prisa que se daba, más lejos parecía estar la sombra, aunque esta no hiciera el menor esfuerzo por dar un solo paso.

Sin embargo, el decorado cambiaba continuamente, hasta que el lisérgico viaje pareció dar con un final. Se detuvo, mirando alrededor, y comprobó, algo sorprendido, que se encontraba en una estación de tren muy vieja. De nuevo fluyeron recuerdos traidores y desalmados, que le trajeron a la memoria historias pasadas, viajes perdidos en el tiempo y la grata compañía de la cual ya no quedaba nada.

Sin saber bien de dónde procedía, escuchó el inconfundible sonido del tren que se detiene, soltando gases por sus torturados frenos, y haciendo gritar el metal contra el metal para dar fin, al menos momentáneamente, al viaje eterno que da sentido a la vida del propio tren.Y allí vio entrar a la sombra, sentarse junto a una ventana, y aún con esa incierta sonrisa, mirarle, decirle adiós con la mano y perderse, junto con el tren, en la oscuridad de un túnel que llevaba a ninguna parte.

Y allí se quedó, con los brazos colgando, la lluvia (incluso debajo del falso refugio del tejado de la estación, lleno de goteras, como su propio músculo impulsor de vida) cayéndole con una furia inusitada en las mejillas, como si quisiera erosionarlas igual que a la roca de una montaña.

Pero no, él no era ninguna roca, no llegaba siquiera a la consistencia de un algodón de azúcar. Cuando ya estaba a punto de desaparecer, sucumbiendo al vacío atronador que había dejado aquella sombra en aquella estación, y cuando la lluvia comenzaba a convertir sus mejillas en una huella que rememoraba el lugar que éstas habían ocupado, todo quedó oscuro, y en extraño silencio.

De repente, un sonido vagamente familiar le hizo regresar al exasperante mundo de la mañana, y efectivamente, vio como por la maltrecha persiana el sol se colaba en su habitación sin invitación previa. El sonido era el terrible martilleo del presentador de turno del noticiero matinal, alguien había encendido el televisor para sentirse menos solo, o para ver la basura de mundo en el que vivimos desde por la mañana temprano, mientras engaña al estómago con un café y un cigarro.

Instintivamente alargó el brazo, no supo si para comprobar el teléfono móvil, dar la luz del horrible flexo de la mesilla o atinar con un cuerpo a su lado, como había ocurrido en menos ocasiones de las que ahora quisiera recordar a lo largo de aquel tiempo maravilloso que alguien le permitió vivir. Quizá el brazo buscaba todo a la vez, pero de nuevo no tuvo más remedio que darle malas noticias.

El móvil no tenía rastro de ningún interés por parte de nadie en contactar con él, el cuerpo que anhelaba encontrar no estaba allí, ni siquiera un frágil indicio de que allí hubiese permanecido alguna vez, y al dar la luz, comprobó, una mañana más que ella seguía allí.

Desde un bonito marco del Ikea la sombra le sonreía, le miraba con aquellos ojos tan especiales, y le decía sin despegar un solo milímetro los labios “sí, me voy, ahí te quedas, con tu lluvia salada y tu móvil vacío”.

Y de nuevo a trasegar por una día yermo sin otra motivación que pasarlo, sabiendo que a la noche volverá a bajar las escaleras de tres en tres, o de cuatro en cuatro, abrazado a la foto de una sombra, y bajando escaleras de no sabe bien dónde, porque incluso el pobre desgraciado vive en un bajo…"